22 julio 2009

pintor Antonio Fillol Granell



"Yo nací en Valencia, si el cura bondadoso que extendió mi partida bautismal no se equivocó al copiarla del amarillento libro que archivado está en la parroquia de Santa Cruz, vine al mundo el día 3 de enero de 1870.

Dicen que de niño fui inquieto, de gran imaginación y dispuesto a todo sacrificio.

De extrema voluntad para todo y apasionado por el dibujo, según cuentan, mis padres, que no andaban holgados de dinero para costearme una carrera, trataron de torcer mi inclinación y me obligaron a trabajar en el pequeño taller de calzado que mi buen padre tenía.

No era el arte del bien construir un brodequín lo que a mí me sugestionaba. Las horas que el oficio me dejaba libres, las invertía en educarme a mí mismo en el arte pictórico.

A regañadientes de los míos, pude matricularme en la Academia de San Carlos, y allí, gracias a mis “éxitos”, comencé a conquistar la tolerancia de mi familia y el anhelado consentimiento para dedicarme de lleno al estudio.

Mis primeras armas las hice en la Exposición de Barcelona de 1.888, presentando una tela pintada al óleo titulada “Un bautizo en principios del siglo XIX”.

La pequeña recompensa obtenida en aquella Exposición y la adquisición de la referida tela, fueron el toque decisivo para afianzar la aquiescencia de mis padres.

Aquel “Bautizo” que me valía 500 pesetas, más que al bueno del cura de Santa Cruz que tal cosa realizó conmigo, me llenó de satisfacción, no por el éxito que suponían tales triunfos, sino porque el suceso llenaba a mis padres de alegría y dejaba mi camino más claro, más expedito.

Siete años después, o sea en la Exposición general de Madrid de 1895, presenté “La gloria del pueblo”, que obtuvo segunda medalla y me fue adquirida por el Estado para figurar en el Museo de Arte Moderno.

A partir de esta Exposición comienza el verdadero calvario de mi modesta vida artística.

Con el dinero que el Estado me dio por “La gloria” me dediqué al estudio con más afán que nunca. Rodeado de lienzos y libros, me pasé una larguísima temporada sin que nada ni nadie distrajera mi atención… Y convencido de que el arte no debe ser un simple juego de nuestras facultades representativas, sino la expresión de la Vida, me lancé al palanque en la Exposición de 1897 con “La bestia humana”, que fue recibida en los primeros momentos poco menos que a pedradas.

Algunos críticos me trataron de inmoral. pretendiendo además que mi obra no fuera admitida en aquel concurso. Otros, más piadosos de mí, la ensalzaron, demostrando a la vez que la finalidad de ella era sana y altamente educativa.

Benito Pérez Galdós, Jacinto Octavio Picón, Mariano de Cavia, Joaquín Dicenta, Francisco de Alcántara, Rodrigo Soriano, Vicente Blasco Ibáñez y otros ilustres escritores y críticos me ampararon espontánea y noblemente en mi cuita y gracias a ellos aún salí bastante bien librado de aquella Exposición. Y si bien mi nombre adquirió algún relieve, la segunda medalla alcanzada llegó a mí huérfana del dinero que reglamentariamente me correspondía. ¡Pobre venganza de los altos contra un modesto pintor de las tristezas sociales!.

En otra de nuestras Exposiciones de Madrid, creo que en la de 1906, exhibí dos cuadros. El titulado “El sátiro” soliviantó la pudibundez del jurado de Pintura y recabó del ministro de instrucción pública una real orden para poder rechazar mi obra porque el asunto de ella, decían, ofendía la decencia y el decoro de las buenas gentes.

Hubo protestas de críticos poniendo al jurado en solfa. Se citaron infinidad de cuadros existentes en Museos cuyos asuntos son altamente libres, pero “El sátiro” fue rechazada.

El asunto ni era inmoral ni cosa parecida. Me limitaba a pintar en él una de esas brutalidades que de tiempo en tiempo realiza la bestia que el hombre lleva dentro, para excretarla.

El cuadro fue expuesto ante el público, en Madrid, que sin sonrojo ni pudibundeces contempló la obra, extrañando que el jurado de la Exposición dijera que aquel trozo de pintura era ofensa de la moral y el decoro.

Ni perezoso ni acobardado por el hecho semejante, seguí laborando y haciendo la pintura de ideas.

“Los amigos de Jesús”, primera medalla, “Albores”, “Almas vírgenes”, “Flor deshecha”, “La semilla” y “!...El mar siempre azul…!”, etc., han sido otras obras que pinté para robustecer mi teoría del Arte. Mas alcanzaron un éxito lisonjero, gustaron y me fueron adquiridas para diferentes Museos. Otras fueron tratadas con desvío y algunas no llegaron a ser comprendidas.

Ocurre que en diversas de mis obras, para que triunfe el concepto que las integra, no insisto en la técnica y apenas si pinto, es decir, apenas hay pintura. ¿Será esto una equivocación?. Yo entiendo que es preferible, en Arte un chispazo de Vida, a una tela bien pintada…


He insistido alguna vez unir la robustez atrayente de una buena pincelada a un concepto y me ha pasado que mientras la pincelada ha subsistido, la idea, el espíritu de ella, no se ha transparentado. Únicamente ha comenzado a vislumbrarse cuando el pincel, a fuerza de buscar lo intangible, ha derrumbado el brochazo artificioso y deslumbrador.

En “La bestia humana”, que por fin figura en el Museo de Arte Moderno, gracias a un halagador dictamen de la Real Academia de San Fernando y a la magnanimidad del que fue ministro de instrucción pública, don Antonio Barroso y cordobés de nacimiento, no existen alardes de técnica. No quiero que ninguna pincelada indique que aquello es pintura, ni que distraiga al espectador del asunto.

El cuadro está… en lo que no está pintado.

Esos malabaristas de la pintura moderna cogen el rábano por las hojas.
Lo de menos en el Arte, es el ropaje.

Lo sublime de Velázquez no es la facilidad de hacer pintura, sino la facilidad prodigiosa de hacer Vida, como lo hicieron Sandro Botticelli, Lippi, Vinci, Holbein, Joanes, Greco, Ribalta, Van Dick, Ribera y Goya, y tantos otros.

Si la pintura es artificio, no acumulemos engaño sobre engaño.
Hagamos Vida que lo demás… ya son demasiados para hacerlo.
Sinceridad antes que nada.

Hoy tengo 43 años. Mi vida, sin ambiciones, se ha deslizado entre los míos modestamente.

A pesar de haber viajado y visto las más principales capitales extranjeras, no he sentido jamás el anhelo de abandonar este rincón de mi tierra que me seduce. El azul de mi cielo y el perfume del vergel valenciano, son el lazo que me retiene tranquilo y esperando siempre, siempre…

Mis ilusiones son hoy tan vivas como ayer. Creo en mí y espero de mi voluntad y de mi convencimiento la realización de algo que sea mirado con alguna complacencia y con algún respeto.

Veremos…”